Crítica - Tomorrowland: El Mundo del Mañana


Tomorrowland
Dir. Brad Bird

por Andrés Olascoaga | @AndresOlasToro

"El Futuro es Aterrador", dice un desaliñado George Clooney frente a una cámara. Su relato se intercala con un lento acercamiento a un reloj en cuenta regresiva y a escenas que hoy en día se pueden observar en nuestro planeta: conflictos, desastres naturales, etc. Superando nuestra realidad, Frank Walker (Clooney) regresa a su infancia, momento en el que además de presentar su prototipo de jet pack en la Feria Mundial de 1964, conoce a Athena (Raffey Cassidy) una curiosa niña, que con el apoyo de una lancha y un pin, lo lleva a un lugar maravilloso: el Futuro. Ahí, el joven Walker (Thomas Robinson) viaja por los aires de una ciudad futurista rodeada de robots reparadores, máquinas constructoras, rascacielos infinitos y un ambiente festivo. Y entonces, su flashback termina advirtiendo que después de su primera aparición en el futuro, todo se fue a la basura.

"¿Es en serio? Les das un segundo de cielo azul, jet-packs y esperanza y volvemos aquí... cualquiera sabría que un reloj contando hacía atrás es malo". El prólogo de Tomorrowland: El Mundo del Mañana (Tomorrowland, 2015) termina con esa frase dicha por la joven actriz y verdadera protagonista de la historia, Britt Robertson. Esa frase, que fácilmente podría pasar desapercibida, tiene mucha relevancia al final de la cinta. Después de un gran arranque con un esperanzador futuro que dentro de la pantalla se traduce en grandes edificios y en las salas de cine en una interesante primicia lista para cautivarnos, Tomorrowland sólo nos ofrece una vistosa mirada a un futuro utópico dentro de un decepcionante filme que nunca termina de convencer.

Desde que era una niña, Casey Newton (Robertson) siempre había querido visitar las estrellas. Al crecer Newton seguía con la misma intención, pero ahora eran otros quienes ya habían abandonado la posibilidad de llegar más allá del cielo. Luchando contra su sociedad, Casey irrumpe en propiedad de la NASA todas las noches para evitar que la plataforma de despegue de Caño Cañaveral sea destruida y con ella, sus posibilidades de llegar a las estrellas. Sin embargo, la misión sale mal y la joven termina en la cárcel. Al salir y recoger sus cosas, Casey Newton termina con una nueva posesión, un curioso pin que al ser tocado la transporta a un mundo desconocido. Ahora, Casey está por descubrir que ese mundo no es más que el futuro y que su visita ha desatado una persecución en su tiempo y una chispa de esperanza en el lugar al que acaba de visitar.

Brad Bird, director del filme, es el elemento más llamativo de este obvio caso de posicionamiento mercadotécnico y superacional. Bird, creador de El Gigante de Hierro, Los Increíbles y Ratatouille tiene un genuino toque en sus guiones, ese toque que ha logrado que conmover y sorprender a cualquiera que se haya expuesto a sus filmes; ya sea con la historia del crítico de comida y su amor por el ratatouille casero en la película del mismo nombre o aquel "Yo soy Superman" en el final de su ópera prima. En este caso, Bird no tiene el control total en el débil argumento del filme, de hecho el realizador parece estar más empeñado en realizar homenajes e incluso autohomenajes (la escena de la jugueteria es una delicia geek) que en redondear su relato. Damon Lindelof, guionista de la serie Lost ergo rey de los argumentos inconclusos, también tiene una fuerte culpa en la fallida estructura de Tomorrowland.

Es indudable que Bird siempre mantiene un control técnico; Claudio Miranda en la fotografía y el siempre efectivo Michael Giacchino en la partitura musical lo mejor de la película, por mucho. Desafortunadamente la maestría visual no es suficiente para rellenar el vacío narrativo. Iniciando con unos fantásticos quince minutos, un sueño inalcanzable para los soñadores (quien escribe se entusiasmo al disfrutar ese viaje en jet-pack y ver el triunfo de un outsider), la película tiene delineado su bien intencionado final, sin que eso signifique que el desarrollo de la historia este del todo servido. Llena de giros de tuerca, referencias un tanto molestas más que originales y un previsible mensaje a favor de los optimistas, Tomorrowland se va haciendo innecesariamente larga, sin una trama definida y que termina siendo muy complicada para los niños y muy boba para los adultos.

En su acomodado y funcional papel, George Clooney se lleva la película al encarnar la historia más interesante del filme. En la piel del ganador del Oscar, los problemas internos de un niño al que le ofrecieron un futuro brillante y terminó con uno desolado y opaco, se convierten en lo más profundo y encantador al momento de mencionar su relación con un amor imposible, bien interpretado por la pequeña Raffey Cassidy. Con un desempeño aceptable se encuentra Britt Robertson, a quien seguramente veremos en más blockbusters después de este filme de ciencia ficción combinado con la filosofía del estudio de Mickey Mouse. Acomodado en lo más soportable del insoportable de su Dr. House, Hugh Laurie se nota desperdiciado en su papel de villano humanista.

Tal y como sucede con su atracción en los parques temáticos de Disney, Tomorrowland es un viaje que emociona con la primera vuelta pero que a 115 minutos de su punto más alto, no puede levantarse sin dejar de abrazar a quienes si hayan gustado de su experiencia. Tenía razón el desesperanzado personaje de Clooney: El Futuro es Aterrador; sin duda, nos hubiéramos quedado con la historia del cielo azul, jet-packs y esperanza.

**

Tomorrowland
Estados Unidos, 2015
Dir. Brad Bird
con George Clooney, Britt Robertson, Hugh Laurie, Raffey Cassidy
Duración: 130 minutos
Distribuye: The Walt Disney Motion Pictures México

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